Manuel Trigo

El relato La carta de plata, ha sido seleccionado como FINALISTA en el IV Concurso de Relato Breve del Museo Arquológico y Etnológico de Córdoba.

LA CARTA DE PLATA

(Copia exacta de las cartas encontradas en las excavaciones de Albendín, Córdoba, en enero de 2038.

Expuestos los originales en el Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba)

 

 

“Por mucho que os sorprenda, amigos míos, soy el Dr. Juan de Basteig y la Villaleda, nacido en Parla, Madrid, en marzo del año 2007, d.C. Dediqué la primera mitad de mi vida a estudiar historia y a dirigir el Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba y sus excavaciones. La segunda mitad la he dedicado a incrementar mis bienes, tras partir de cero, con los que he conseguido trocar algo de plata, pues el oro me ha sido inaccesible. La he fundido y laminado hasta conseguir estas dos únicas hojuelas dinacuatroides, en las que os grabo mi resumido mensaje desde el S. IV a.C. aproximadamente. Baso mi estimación de fecha en mis descubrimientos que paso a detallar más adelante, pues aquí y ahora el tiempo lo miden por cosechas y lo cuentan desde el establecimiento de cada aldea, no habiendo encontrado ninguna con más de 350.

Cuando los alemanes consiguieron retroceder en el tiempo, mandaron a sus historiadores a la época clave de nuestra historia. Querían conocer la verdad sobre Jesús. Pero ninguno de sus enviados les dejó mensajes en los lugares acordados. Desistieron de sacrificar sus propios y valorados historiadores y abrieron sus fronteras. Se basaron en mi elección tras leer mi tesis doctoral sobre las conspiraciones políticas de la época y yo dejé la gestión de mis excavaciones en Albendín para arriesgarme en tan fantástico viaje, aún sabiendo que éste podía durar algunas horas de insufrible dolor y el de vuelta duraría con toda seguridad 2037 años, a ritmo de lento e inexorable reloj.

La esfera de plasma ferromagnético aterrizó violentamente, creando un surco de casi un kilómetro antes de disiparse y dejarme caer desnudo en una zanja ardiente de la que logré salir con no pocas quemaduras. Me encontré con una Judea que se me antojó más verde de lo que esperaba, aunque deambulé durante meses hasta toparme y reconocer el inconfundible corte del pico del Veleta, lo que me situaba a miles de kilómetros de distancia de mi objetivo. Al menos, me alegré de mi tremenda suerte, pues el error me había traído a casa. Entendí entonces que la falta de puntería de la máquina habría descolocado igualmente a mis predecesores, que quizás corrieron menos suerte y se ahogaron en el mar. No sabía aún que el error también afectaba tanto al tiempo, aunque empecé a intuirlo al no encontrar a nadie que hablase latín.

Mi primera intención fue ir a conocer la próspera y trimilenaria Cádiz, pero diversos conflictos bélicos locales me desviaron hacia el norte, dirección al inexistente Jaén, para luego girar al oeste, hasta que por fin encontré otra referencia de lugar: los inconfundibles meandros del río Guadajoz, que me llevaron exactamente al lugar donde realizaba mis excavaciones. Y en ellas enterraré estas láminas de plata grabadas, que pienso proteger del tiempo en una vasija cerámica con aceite de bellotas, pues aún no han llegado los olivos, tapada con corcho y sellada con cera. Por suerte, la aldea que estaba excavando, que estáis excavando en ese preciso instante vuestro, ya está abandonada y puedo enterrar la vasija justo donde dejé el corte, pues supongo que ha de descubrirse después de mi partida.

Son muchas las cosas que quiero contaros y no puedo por falta de espacio en estas dos hojas, pero me centraré en un asombroso descubrimiento. Tras años de esfuerzo por entender la lengua local, quise conocer a cuantos artesanos pudiese, por ver si localizaba alguna de las piezas que mostramos en el Museo. Pasó el tiempo sin fruto, pero un día visité a Sorej, un cantero afamado por la hábil talla de piedras para la construcción de los zócalos de las casas de adobe. Al fondo de su taller, una burda arpillera cubría una figura que me resultó arrebatadoramente familiar. Tiré del tejido sin su permiso para descubrir el león que milenios más tarde se descubriría en la construcción de la carretera de Nueva Carteya a Montilla, a unos 30 km. de donde me encontraba. Provoqué su ira, que aplaqué con los merecidos elogios a tan entrañable obra de arte, hasta convertirla en una profunda amistad. Según él, la figura estaba basada en una pequeña joya que había visto de pequeño a unos mercaderes extranjeros, intuyo que fenicios. Mi mayor sorpresa, y es lo que quiero transmitiros para sacaros de nuestro error, es que no estaba destinada a guardar la tumba de de ningún poderoso personaje, si no que era un regalo para la mujer a la que amaba y con la que pretendía casarse. Un simple regalo personal realizado en sus ratos libres. Una muestra de amor hacia la hija de unos humildes campesinos. Decoró la casa de los padres de ella hasta que la trasladaron a la propia cuando se casaron. Y de ella no salió hasta que Drejna murió anciana, con cerca de cincuenta inviernos tan duros como aquél que se la llevó por delante. Él depositó el león sobre su tumba, no para protegerla, sino para recordarla durante sus visitas diarias; igual que las fotografías en los cementerios. Sorej se agostó y se secó ese mismo verano y sus hijos le enterraron junto a ella, bajo el mismo león. Años más tarde, la pieza fue robada y debió de correr su propio viaje, quizás ya con la costumbre de posar sobre lápidas, hasta que llegase a donde fue encontrada.

Se me acaba el espacio y no sé si podré conseguir más plata o más tiempo. Tengo sólo 65 años, pero soy el más anciano de toda la zona e intuyo que voy a dejar de serlo en breve. Por si no vuelvo a escribiros, un abrazo, compañeros, desde donde mismo volveré a estar en el futuro. Para vosotros habrán pasado unos días; para mí, media vida; y para estas cartas de plata, dos milenios y medio.

Con añoranza del futuro, Dr. Juan de Basteig y la Villaleda”

(pseudónimo adoptado para el certamen por Manuel Trigo).

 

 

Manuel Trigo

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