Manuel Trigo

El relato “Mi ingrata vida tras la pista de la T.I.A.”, ha sido seleccionado como finalista en el III Certamen Literario de la Cadena SER Madrid Sur, “Ser detectives: Tras la pista de la T.I.A.”

Mi ingrata vida tras la pista de la T.I.A.

(Por homo madrizsurensis)

 

 

Soy doctor en ciencias físicas y en químicas, especializado con diversos másteres en cuántica y en nuclear; ingeniero industrial y de telecomunicaciones, con especialidades como espacio y nanotecnología, siendo esta última mi verdadera pasión. Y por último, aunque fue la primera que estudié, licenciado en biología. Una maldita carrera que escasamente he utilizado en mi trabajo pero que algún graciosillo de turno, al que no llegué a conocer, utilizó para rebautizarme con ese ridículo apodo con el que se me conoce en la Agencia. En la maldita Agencia.

Recuerdo cuando regresé de Estados Unidos. Abandoné un proyecto secreto en el que trabajaba dentro de un departamento, también secreto, de la NASA. De los restos de la nave extraterrestre derribada en Rockwell, estábamos extrayendo unas tecnologías increíbles; las cuales se utilizan hoy en todos los hogares sin que nadie sepa su origen. El problema es que yo no era americano y tenía el acceso restringido a determinadas informaciones y a las piezas más valiosas de la nave. Fue entonces cuando recibí una oferta de trabajo para convertirme en director de programas de I+D en los laboratorios de una agencia de investigación, espionaje y contraespionaje en mi tierra natal. Me vine inmediatamente sin sopesar las consecuencias del error que marcaría mi vida para siempre.

Pensé que se trataba de una agencia estatal y resultó que se trataba de una empresa privada, camuflada como organización no gubernamental, a nombre de un tal Francisco Ibáñez al que nunca he llegado a ver, por más que su mano esté eternamente presente por todas partes. Es como el malo malísimo de el Inspector Gadget, sólo una mano omnipresente. Esto, no supone un problema en sí mismo, pero sí el contrato que firmé con la T.I.A. (Técnicos de Investigación Aeroterráquea).

Orgulloso de pasar de segundón a director del departamento científico, firmé con los ojos cerrados un contrato vitalicio en el que todos los inventos y descubrimientos que yo realizase pasaban automáticamente a ser propiedad de la Agencia. Ese ha sido el mayor lastre de mi vida. Cualquier trabajador sabe que el producto de su trabajo es para la empresa que le paga el sueldo, pero los científicos somos creadores, como los artistas y más que la remuneración nos alimenta el reconocimiento y la posibilidad de escribir nuestra página en los libros de historia.

Sin modestia y con orgullo he de reconocer que me considero como uno de los mejores científicos, por no decir el mejor, de España y muy posiblemente del mundo entero. Sin embargo, moriré en el anonimato. Sí, lo sé, en la NASA también me hubiese pasado lo mismo, pero duele más que todo esto suceda en mi propia tierra. La Agencia tiene sótanos llenos de mis inventos. Algunos fallidos, otros de escasa utilidad, pero otros muchos de incalculable valor, que aportarían grandes beneficios a la humanidad y el merecido reconocimiento a mi persona. Yo sería respetado y aclamado, pero moriré en este maldito anonimato. Tan ingrato anonimato que dudo mucho que mi verdadero nombre sea conocido por el omnipotente Ibáñez. Estoy convencido de que ni siquiera lo sabe ese energúmeno que tenemos por superintendente; y por supuesto, menos aún, ese par de ineptos que se tienen por agentes especiales a los que tantas veces, no sólo he facilitado su trabajo, si no que he salvado sus miserables vidas con mis artilugios.

Malditos desgraciados, la de veces que me ha tocado correr por que una de mis maravillas de la técnica la han utilizado indebidamente y han salido perjudicados o han causado estropicios que sólo ellos son capaces de causar y luego han pretendido responsabilizarme. Como aquella vez en la que mi infalible loción antiácida del cabello dejó el colodrillo de Mortadelo, al que por aquel entonces se le conocía como “El Melenudo”, tan liso como una bola de billar. Y todo porque no hizo caso de mis instrucciones y la utilizó negligentemente. Me culpó de todo y desde entonces no me soporta, por eso me llama “Chivo Loco” o “Inventor Chiflado”. Menos mal que, pese a las broncas que me he llevado por su culpa y la del otro calvo, el súper siempre termina por olvidar y confiar de nuevo plenamente en mí para desarrollar cuantos artefactos sean necesarios para cada misión especial de la agencia. La lástima es que también olvida la inutilidad de esos dos impresentables y vuelve, inexplicablemente, a confiar en ellos. Para mí que son dos enchufados. Tienen que caerle bien a Ibáñez, porque si no, no me lo explico.

Claro, que tampoco me explico cómo la agencia sigue en pie. Olvidada del jefe no debe de estar, pues siempre veo su toque a mi alrededor. Es como si cada objeto que me rodea llevase su firma: Efe asterisco Ibáñez, que en alguna ocasión he llegado a ver en no recuerdo qué rincón. Pero da la sensación de que la tiene totalmente abandonada. No hay rincón sin telarañas. Las colillas por el suelo demuestran que no hay ley que se cumpla aquí dentro. Bueno, sí, la de protección de animales, por que hay ratones y lagartijas por todas partes y a nadie parece importarle salvo a los cables roídos de mis inventos. El otro día, una mosca tamaño pájaro casi se lleva mi café volando.

Sin embargo, eso es lo que se ve a primera vista, pero lo verdaderamente preocupante es la escasez de medios de mi laboratorio. No alcanzo a recordar la cantidad de artefactos que he tenido que realizar con medios de fortuna a falta de los materiales apropiados. Gracias a mi síndrome de Diógenes, guardo todo lo que encuentro, con la esperanza de que algún día me pueda servir para algo. Y efectivamente, tarde o temprano, cuando realizo algún nuevo proyecto, siempre recuerdo que en tal ocasión guardé esta o aquella otra chatarra de la que puedo obtener esa pieza que con una apañada adaptación me puede llegar a ser útil. El inconveniente es que el aspecto final es digno de cómic de humor, pero funcionan. Vaya que si funcionan. Nadie lo sabrá nunca y mi orgullo morirá conmigo. Pero soy el mejor inventor de todos los tiempos. Edison es mundialmente reconocido por su bombilla. Fue un gran inventor, propietario de infinidad de patentes, y es recordado por sólo uno de sus inventos. Yo no seré recordado jamás y el peor de mis inventos, si se le diese la oportuna promoción y pasasen a una adecuada producción industrial, dejarían en un puesto ridículo a esa obsoleta ampolla de vidrio. Vale, estoy de acuerdo en que los desarrollos tecnológicos han de ser exclusivos de la agencia durante un tiempo, pero luego podrían comercializarse. Aunque fuese la agencia la que se beneficiase de las patentes y sólo la firma de la T.I.A. apareciese en los artículos. Al final, alguien se preguntaría quién tiene la privilegiada mente necesaria para poder estar detrás de toda esa inventiva. Al final, alguien descubriría que yo soy el mejor inventor de la Historia. Al final, mi nombre no escribiría una página en la Historia, sino muchas, libros enteros hablarían de mí y de mis creaciones.

Pero no será así. Nadie sabrá nunca de mi amargura por esta falta de reconocimiento, pues a nadie la he dado a conocer. En la soledad de mi laboratorio me enclaustré siendo joven y en ella sigo como un eremita, pese a mi avanzada enfermedad. Debería haberme jubilado ya, o darme de baja hasta morir dignamente en un buen hospital con todos los gastos pagados por el seguro, que supongo he de tener, pues la enfermedad, sin lugar a dudas, es profesional. Tanto aparato radioactivo, tanta química…

Y por qué sigo aquí, me pregunto continuamente. Amigos, lo que se dice amigos, nunca me he permitido tener, siempre esclavizado por mis investigaciones, por mi enfermiza adicción al atrabajo. Creo que ya no es adicción lo que me ata a esta cárcel. Creo que es mi incapacidad para divertirme y disfrutar de una vida que desconozco. Creo que a falta de amigos, quizás sienta una especie de aprecio, algo parecido a un instinto protector, casi paternal, por ese par de idiotas. Se que lo tendrán muy difícil sin mi ayuda cuando yo haya desaparecido. Y sé que pronto estarán solos, pues el reconstructor esqueletrónico que diseñe para mantener en funcionamiento mi maltrecho cuerpo ya no puede mantener unidos mis órganos y cada uno de ellos se me declara en huelga definitiva por momentos, sin que la herculesmicina me haga ya apenas efecto. Es por eso que escribo esta carta de despedida, que fotocopiaré y colocaré dobladita debajo de cada invento que colecciona polvo en los sótanos, con la esperanza de que algún día, un terremoto abra grietas hasta ellos y los hombres de la calle vean cual fue mi obra. Espero que se dé un buen uso de ella y la humanidad obtenga un buen provecho.

He dedicado mi vida a crear lo necesario para ayudar a los agentes que investigaban tras la pista de la T.I.A. y hemos resuelto entre todos infinidad de casos a partir, en ocasiones, de muy sutiles pistas. Pero tras la pista de Ibáñez me retiro de este mundo sin haber llegado a saber exactamente quién es. Siempre presente y siempre oculto a nuestra vista. Tanto misterio de hombre me ha intrigado desde que entré en la Agencia y se ha convertido en mi obsesión en los últimos tiempos. ¿Pero quién se habrá creído que es? ¿Acaso se cree Dios, nuestro creador?

Sin más lamentos me despido en un desazonado anonimato en el que de mi nombre no me atrevo a poner más que mis iniciales, pues sólo por mi seudónimo he sido conocido.

F * I hijo, alias BACTERIO

 

 

Homo Madrizsurensis

(pseudónimo adoptado para el certamen por Manuel Trigo).

 

Manuel Trigo

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